México necesita lectores. Esta simple oración resume a la nueva Estrategia Nacional de Lectura que el Gobierno Federal ha presentado hace unas semanas en Sinaloa. Esta premisa la entiende el presidente López Obrador, la entienen los organismos públicos e instituciones privadas que de alguna manera están relacionadas con el mundo e industria de las letras, la entiende la sociedad, la entendemos todos. Pero, también la han entendido gobiernos anteriores y prácticamente todos los gobiernos del presente siglo han buscado erradicar el problema de la falta de lectura (y comprensión lectora) en el país, todos con los mismos mínimos resultados. El problema no está en esa frase; el problema no es que necesitemos lectores. Esa es la base del conflicto. El conflicto, específicamente, es que en México no se lee.
México necesita lectores. Se ha anunciado un proyecto ambicioso de coedición de libros, con la finalidad de reducir sus precios y, así, propiciar que la gente lea. También, más campañas de fomento de la lectura. Sin embargo, sigue sin entenderse el verdadero problema y, sin eso, sin identificar la enfermedad, es difícil medicarla y mucho más aún vencerla.
La lectura como actividad lúdica: el paradigma a romper
La nueva Estrategia Nacional de Lectura tiene tres partes, todas ellas importantes, pero todas con el objetivo de de generar un gusto por la lectura, por lo que la primera a abordar en este escrito es la tercera: Comunicativa. Esto, porque resulta notable el hecho de que, a pesar de tener la experiencia y conocer los resultados de los programas anteriores al actual, se siguen realizando las mismas prácticas.
La cantante Danna Paola en la propaganda del Consejo de la Comunicación. Campaña «Leer está de moda».
El nuevo gobierno ha buscado a como dé lugar diferenciarse de sus predecesores. Ha intentado, a base de acciones, recuperar la imagen maltrecha que dejaron los gobiernos de partidos, hoy de oposición, durante 88 años y, especialmente, de los últimos cinco sexenios. Sin embargo, y, a pesar de tener proyectos sociales completamente distintos a los que se venían realizando en los últimos años, en el area de educación y de lectura, están cayendo en las mismas equivocaciones que se vienen arrastrando desde principios de este siglo (quizá desde el pasado). Uno de los principales causantes es el tabú que genera el «obligar a la gente a hacer las cosas».
El enfoque que se le ha dado a las campañas de promoción de la lectura es el de vender a esta actividad como una lúdica, disfrutable, cuyo principal objetivo es pasarla bien. Tienes que leer por gusto. El libro tiene que llamar tu atención, invitarte a leerlo. Casi casi tiene que ser mágica la conexión entre los lectores y sus libros. ¿Dónde flaquea esta idea? En el hecho de que no puede gustarnos y atraernos algo que no conocemos.
Me gusta comparar a la lectura con varias actividades. La primera: el cine. Es difícil conocer a alguien a quien no le guste el cine. Habrá quiénes vayan a ver películas de acción o de romance y no les interese en lo más mínimo ver películas de cine de arte. Por el contrario, habrá quienes odien sinceramente el cine comercial y prefieran las películas profundas generalmente de bajo presupuesto. Esto es a lo que debemos apuntar con nuestros proyectos nacionales de lectura. Llegar a tener una sociedad que discuta sobre cuáles son los mejores libros y que se decante por unos géneros por sobre otros. Ese es el ideal. Pero para llegar a esto, se debe masificar. Y, si nos damos cuenta, no existen campañas con Danna Paola o Carlos Rivera que digan «ve 20 minutos al cine». ¿Por qué? Porque el cine ya está masificado. A todos los que conocemos el cine nos gusta algún género. Pero, para ello, tuvimos que conocerlo. Si nosotros no vamos al cine, el cine difícilmente vendrá a nosotros. Sin embargo, es una actividad a la que estamos muy acostumbrados a realizar. No es así con la lectura.
Si todos leyéramos, no sería necesario masificar; no tendríamos que buscar estrategias de promoción de la lectura. Pero pensar que las campañas mediáticas son una solución para la falta de lectores, es infantil, inocente y hasta peligroso. Es suponer que la propaganda logra cambios en los hábitos, cuando los hábitos son los que te definen como mercado o público meta. Es gastar millones de pesos en anuncios (las estrellas que aparecen no cobran barato) que finalmente no llegan a los consumidores finales. Es como un anuncio de cerveza: si no tenemos el hábito de beber (leer), esa publicidad no nos interesa. Y es un error mercadológico, pero también político. Especialmente en una administración que se vende a sí misma como austera, no se pueden permitir el gastar mucha lana en un proyecto que no llega al público que se busca.
La industria editorial como aliada
La segunda línea que sigue la Estrategia Nacional de Lectura de la actual administración perpetúa una idea que, en los últimos años, se ha visto derrumbada en varios productos, mercados y públicos: disminuir el precio de un producto trae consigo, necesariamente, un incremento en sus ventas. No en todos los mercados se cumple esto y, en otros, modificar el precio de manera artificial constituye un riesgo de fuga de inversión. El mercado de los libros no es igual a otros mercados y, así de botepronto, la probabilidad de que lo segundo ocurra es mínima o casi nula. Pero el primer caso se tiene que prever y no vender la idea de que precios más bajos van a incrementar automáticamente las ventas, porque es un error hasta de bases económicas.
Sir James Steuart Denham, por WD Mayer. National Galleries of Scotland.
La Ley de Oferta y Demanda, propuesta por primera vez por James Denham, establece que existe un precio al cual hay las mismas personas buscando comprar un producto (demanda), que las que quieren venderlo (oferta). Por analogía, a un precio más barato, habrá más personas queriendo comprar, mientras que a uno más caro que esto habrá más personas que quieren vender. Esta teoría sentó las bases del capitalismo que propusieron Smith y Ricardo y se ha mantenido durante más de doscientos años hasta nuestros días. Sin embargo, como toda teoría, hay casos que la desafían, la tuercen o hasta rompen con ella. Dos muy claros: el iPhone que, contra toda lógica teórica económica, cuando lanzó al mercado un modelo más barato, disminuyó su participación en el mercado (https://edition.cnn.com/2013/10/17/tech/mobile/iphone-5c-flop/index.html); el otro, los libros.
Durante gran parte del siglo XX, las grandes librerías y tiendas de autoservicio que venden libros (casi todas) tuvieron a bien hacerse de saldos de libros, que después vendían a precios muy bajos en sus estanterías. Esto no sería problema, de no ser porque los mismos libros se encontraban en las pequeñas librerías al precio que originalmente se ponían a la venta, sin margen para bajar los precios, puesto que ya los habían pagado y no tenían posibilidad de perderle a su mínimo porcentaje de ganancias en un mercado de muy pocos. Esto propiciaba que las personas que compraban los libros dejaran de hacerlo en las pequeñas librerías y lo hicieran en los grandes establecimientos a precios mucho menores. Hasta aquí todo normal, ¿no? Sin embargo, según la Ley de la Oferta y la Demanda, debía haber otros compradores dispuestos a hacerse de esos mismso bienes a precios mayores, muchos menos, claro, pero algo que les permitiera mantenerse a flote. Esto, por supuesto, no ocurrió porque no existen más clientes potenciales. Este mercado no crece, sino que todos los vendedores se disputan a los mismos compradores, y, aquellos con suficientes recursos para bajar los precios y mantenerse a flote, aun con prácticas desleales, son los que ganan. Los otros mueren (https://www.letraslibres.com/mexico-espana/la-ley-del-libro-en-mexico).
Esta situación fue notada por la Industria Editorial Mexicana que tuvo que ser apoyada de cierta forma, con la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, promulgada en 2008 por un presidente y un gobierno ampliamente a favor del libre mercado, pero que se vio obligada a forzar una regulación. En esta ley, en su capítulo V, se obligaba a las editoriales e importadores de libros a fijar un precio único para sus productos, los cuales no podrían ser disminuidos, a menos que se trate de libros descatalogados o antiguos (http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/LFLL_190118.pdf). Esto permite a las pequeñas librerías competir con los grandes monstruos de los libros. El mismo libro costaría lo mismo en cualquier punto de venta. Es extraño que un país ampliamente libremercadista avale algo así, pero era la única manera que vieron para evitar que las grandes cadenas se quedaran con el poco mercado que hay y, así, de manera monopólica, destrozaran lo que quedaba de la industria editorial.
El problema de todo esto viene cuando creemos que el bajar los precios va a aumentar la demanda. Probablemente, de manera un poco desleal, editar por medio del Fondo de Cultura Económica, libros a precios bajos (50 pesos), hará que haya quiénes prefieran comprar sus libros en Av. Chapultepec y no caminar media cuadra a la esquina con López Cotilla, o subir por la misma calle tres cuadras. Pero no estás atrayendo nuevos clientes en realidad. Te estás peleando los mismos. Creer que vendiendo libros más baratos más gente va a leer es no conocer tu mercado, ni tus clientes, ni la historia de tu producto. Es repetir prácticas que simplemente golpean a los pequeños otra vez, solo que ahora con ayuda del Estado.
La lectura como herramienta formativa: Leer para el Desarrollo
La parte más preocupante de la Estrategia Nacional de Lectura no es ninguno de los dos puntos discutidos previamente, sino el primero: generar en los estudiantes el hábito de la lectura como algo placentero, dejando en segundo lugar su papel como canal de aprendizaje y generación de conocimiento. Es continuar estableciendo que la única razón para leer es disfrutar, un paradigma que se refuerza con la tercera dimensión de la estrategia, y que limita el alcance de la segunda. Es olvidar que la lectura es un arma de conocimiento, de educación, tomándola como simplemente un actor secundario, cuando es uno de los protagonistas del desarrollo de un país.
El problema del libro como instrumento lúdico se entiende. Está claro: leer un libro, dependiendo de la rapidez del lector, puede llegar a tomar días, semanas; un libro muy largo y complicado de autores extranjeros y traducidos por españoles, puede resultar una tarea muy compleja que tome hasta meses en leerse. Una película, por otro lado, toma de 90 a 180 minutos en promedio. Incluso, muchas películas se basan en libros y, al compararlas con la fuente original, podemos darnos cuenta de que los cineastas se esfuerzan en liberar a la historia de los detalles más simples, dejando solamente el fondo de esta, lo que hace mucho más atractiva a la película. También está el hecho de que la portada de un libro no nos dice prácticamente nada. Puede haber portadas hermosas, pero quedan en eso: obras de arte. El póster de una película, por el contrario, nos da una idea de, si la película será triste o divertida, cuál será su calidad de acuerdo con su director y los intérpretes, y estos últimos le darán un rostro a los personajes que, de otro modo, tendríamos que crear nosotros mismos. Por todos lados, los libros salen perdiendo, especialmente cuando estamos en un país donde el hábito de la lectura no existe.
Entonces, ¿dónde está la solución? La realidad es que no existe una sola solución que cambie el contexto de la lectura actualmente en México. Como podemos ver, es una situación multidimensional: se gasta mucho dinero en campañas de promoción de la lectura y se busca vender más libros metiéndole más a la edición de opciones baratas. Esto refleja que la estrategia, a pesar de querer ser innovadora, realmente sigue siendo la misma que la de gobiernos anteriores: acercar los libros a las personas, ya sea como concepto o de manera física. Es tratar de convencer a la gente diciéndoles «Leer está padre» mientras les ofreces libros cada vez más baratos, todo esto siempre siendo dirigido a las mismas personas que siempre han leído. ¿Cómo podemos cambiar esto? Explorando la primera parte de la estrategia, pero desde un punto de vista más utilitario, más frío.
Uno de los conflictos que se desprenden de las estrategias (fallidas) es mantenerse dentro del paradigma de que la lectura se debe disfrutar y nada más. Un corolario de este paradigma es que el hábito de la lectura inicia en casa. Es un tanto cobarde y es casi «lavarse las manos» el caer en esta excusa para no asumir la responsabilidad que tiene la escuela en la enseñanza y fomento de la lectura. Sí, será mucho más fácil para un niño que viene de un hogar lector, convertirse en un lector también. Esto no significa que sea la única alternativa y que, si no sucedió, ya valió. Todo queda en «Leer está de moda», un póster con el Barcelona o Inés Sainz o Phineas y Pherb, y listo. Pero no se explota el hecho de que el niño o niña pasa de seis a ocho horas diarias en la escuela. Pasa más en contacto con sus maestros y sus compañeros de clase, que con sus padres, en ocasiones, cuando estos trabajan. Si bien se ha buscado durante décadas que las escuelas sean fomentadoras de la lectura, muchas veces este esfuerzo queda en poner bibliotecas escolares, rincones de lectura o similares, y ya.
La lectura no solamente es un hábito lúdico. No es nada más una actividad para disfrutar. Es, también, una herramienta para el aprendizaje y un arma para enfrentar dificultades dentro y fuera del aula. Sí, puede llegar a ser una actividad disfrutable, pero el cerrarlo a solamente esto, es insuficiente y termina, incluso, por estigmatizar a aquellas personas que genuinamente no les gusta leer y prefieren realizar otras actividades. Esto también es válido. Ni modo, un cliente menos de las librerías. Pero esto no debe significar que esta persona, al encontrarse un texto técnico de su universidad, no pueda comprender lo que este le dice. Y esto es lo que realmente está pasando. Se está olvidando que la lectura es un vector de conocimiento y estamos abandonando a nuestros niños a su deriva entre páginas y páginas de libros de texto virtualmente incomprensibles para estudiantes que no educamos para entender lo que estos libros les dicen.
Es por ello que las partes 2 y 3 de la estrategia nunca van a funcionar: los mexicanos NO leemos. Pero, también, en conjunto, toda la estrategia no ataca un problema aún más profundo y peligroso: los mexicanos NO entendemos lo que leemos. Nuestros hábitos de lectura, especialmente para aquellos que no tienen dicho hábito completamente desarrollado, se quedan en leer el periódico, revistas, la biblia o libros de texto, todos ellos, difíciles de terminar o de los cuales solamente se leen algunas partes de interés o que son indiscutiblemente necesarias (como capítulos específicos de libros). Los que sí tienen el hábito, son esos pocos compradores que representan la demanda de dicho producto. Como se dijo antes, es difícil para un niño o una niña el decidirse a tomar un libro, cuando hay otras alternativas. Tendremos que aprender a vivir con ello y aceptar que es una batalla difícilmente ganable. El asunto que nos competería, más bien, es que un niño o niña, al tomar un libro, sepa qué es lo que dice y, de este modo, pueda competir con personas de países como la República de Corea o Finlandia o Nueva Zelanda.
Leer para el Desarrollo es un proyecto que, desde hace diez años, busca romper con el paradigma de la lectura como actividad exclusivamente lúdica, al mismo tiempo fomentando la industria editorial a corto, mediano y largo plazo. Es cambiar la idea de que la lectura solo sirve para divertir y convertirla en «la lectura es una competencia que TODOS los estudiantes deben tener». Es contribuir a que los alumnos puedan entender lo que los libros de texto les dicen, y puedan desarrollar conocimiento y comprender al mundo que los rodea. Es generar el hábito de la lectura en los niños y niñas del país. ¿Cómo? Simplemente poniéndolos a leer.
Leer para el Desarrollo busca cambiar el concepto y no «acercar el libro a las personas», sino «llevar el libro al pupitre». Es separar a la lectura de su rol secundario en las clases de lengua, y convertirlo en una materia por separado, donde el libro de texto sea, convenientemente, un libro de literatura. Es dar a la lectura su valor real como protagonista de la enseñanza, generando un contenido analítico, un plan de estudios y exámenes de evaluación. De entrada, esto generaría estudiantes que, definitivamente, practicarían la lectura. Además, estarían habituados a comprender los textos y analizarlos, sintetizarlos y recontextualizarlos. Pasarían a formar parte de la estadística de gente que TERMINA de leer libros y no solamente los cuenta como un libro leído por haberlo abierto y terminado a duras penas un solo capítulo para estudiar para un examen. Tendrían en sus bibliotecas personales, al menos, un libro por cada año de educación básica, por lo que todos los mexicanos, al terminar la secundaria, tendrían una biblioteca de, al menos, nueve libros. Finalmente, este hábito se extrapolaría a todos los ámbitos de la vida, pudiendo comprender de mejor manera las leyes, contratos, artículos y demás textos importantes en la vida cotidiana. Esto, por supuesto, significaría profesionistas más preparados y más listos para tomar decisiones de acuerdo con la información que se les presente.
Que «¿cómo obligar a los niños a leer?» Que «¿cómo proponemos que la lectura sea una materia y tenga exámenes?» Que «¿no nos damos cuenta de que los niños y las niñas van a perder el gusto por la lectura?» Esta última pregunta está mal hecha. Y es que, en realidad, ¿cuándo existió ese gusto? No te puede gustar algo que no conoces. Teniendo a la lectura como actividad curricular muy posiblemente (es más, seguramente) habrá niños o niñas que terminen por no gustarles leer. Ni modo, otros clientes menos en la Joseluisa. El asunto es que, ahora todos los niños sabrán qué es la lectura, todos los estudiantes habrán practicado y eso incrementará, por supuesto, la cantidad de personas que sean clientes de las librerías. Y es que es más fácil meter gol tirándole a la portería. Tal vez fallemos varios tiros. Corremos el riesgo de fallar más de los que metemos. Pero antes ni siqueira tirábamos y, peor aún, apostamos todas nuestras canicas a que el otro equipo metiera autogol. Así nunca íbamos a ganar.
Paco Ignacio Taibo II, director editorial del Fondo de Cultura Económoca
Nadie niega que las matemáticas son importantes en la educación. La lectura es igual de importante. ¿Por qué, entonces, no darle la misma importancia curricular? Así como hay niños que no les gustan las matemáticas, habrá niños que no les guste la lectura, sin embargo, será más fácil que los niños que conozcan la lectura, terminen por comprar libros y, ya de adultos, lean con sus hijos 20 minutos o más al día, o compren libros aunque cuesten más de 50 pesos. Y es que, así como hace unas líneas dije que me gusta comparar a la lectura con el cine, también con las matemáticas. No es un asunto de que te gusten las matemáticas (aunque, al final habemos los locos que sí nos gustan), es que las necesitas en la vida diaria. Por eso las ves en la escuela y te aguantas. La lectura también.
Por esto, se vuelve a traer la idea del proyecto Leer para el Desarrollo al dominio público. Queremos más lectores. Si leen por gusto o no, es otra cosa, pero si, efectivamente, leemos, tendremos mexicanos cultos o, al menos, con la capacidad de entender más al mundo que tienen a su alrededor.
Rompamos paradigmas, gastemos el dinero sabiamente y aprendamos a leer. Es labor del estado que esto suceda, pero con la misma estrategia que siempre ha fallado, es prácticamente imposible lograr resultados diferentes.
El Pajarito sale al ruedo. Encandilado, mueve la cabeza de un lado a otro. Asustado, trata de mirar al frente pero no hay nada más que una mancha blanca que no le permite ver. Poco a poco, el resplandor desaparece. El sol calienta el pelo negro de su lomo. La multitud a su alrededor grita alentadora, como pidiéndole al Pajarito que no se rinda.
El Pajarito no entiende nada. Corre. Trota un poco. Vuelve a correr. Corre
pero no corre. La gente a su alrededor ovaciona. Debajo de él, arena; arriba el
sol abrasante y enfrente, un humano vestido con ropas extrañas lo llama, lo
invita, juega con él. El Pajarito lo mira con recelo al principio. En nada se
parece al humano que lo cuida. Sus ropas son diferentes. Su sombrero es
diferente. Sus zapatos no son las botas de trabajo que el toro está
acostumbrado a ver. El Pajarito no alcanza a distinguir el rosa del atuendo del
torero. Queda ensordecido por los rugidos del público. Se abalanza hacia el
humano.
Cuando el Pajarito se acerca al matador, éste lo evita. Confundido, el Pajarito
vuelve a intentarlo. Otra vez trata de acercarse al torero. Nada. El hombre
vuelve a quitarse. ¿Para qué lo llama si no quiere que se arrime? El Pajarito
se empieza a cansar. El torero se quita cada vez que tiene al Pajarito cerca.
El hombre se voltea, saluda al público. El toro lo contempla. Varias veces se
repite la escena.
De pronto, sale otro hombre al ruedo, montado en un caballo. El Pajarito se
acerca curioso. No sabe que es una persona sobre un equino. Para el toro, el
picador es un animal extraño que le causa asombro. Este hombre parece llamarle
también. No sabe, no comprende, todo es nuevo para el Pajarito. Sin verlo, sin
poder predecirlo, el jinete saca una lanza. Es larga, es dura, es punzante. El Pajarito
no puede ver, pues sus ojos sólo observan las vestiduras gruesas del caballo.
Y, cuando el toro menos lo imagina, siente la punta de la lanza enterrársele en
la joroba. Duele. Sangra. El Pajarito no sabe qué hacer. Corre y embiste al
caballo, pues piensa que éste es uno con el jinete y que así podrá defenderse.
Duele. Sangra. El toro vuelve a embestir; la puya vuelve a penetrar.
El Pajarito está
desconcertado. Huye del picador. Corre hacia la orilla del ruedo. Encuentra una
barrera. Corre en otra dirección, encuentra otra barrera. No puede salir. Está
atrapado. El toro siente cómo su dorso se moja por la sangre que escurre del
agujero en su lomo. Se siente débil, se siente atacado. Ve al tipo que huía de
él cuando quería jugar. Con mucho trabajo levanta la cabeza. Mira las manos del
hombre que portan otros objetos largos, aunque no tanto como la lanza del
picador. Lo trata de embestir. El matador es más rápido, se quita justo antes
de que los pitones del toro lo rocen siquiera y le clava en el lomo unas
estacas al Pajarito. El dolor del toro crece y la sangre brota a borbotones.
Empieza a nublársele la vista. No sabe, no comprende. La escena se repite como
copia al carbón. Embiste el toro, clava las banderillas el torero. Una vez más.
El Pajarito es
ovacionado mientras se desangra. Se acerca a la orilla del ruedo. Su lengua
cuelga de la boca. El gusto del toro se ha hecho ferroso, espeso. Duele.
Sangra. Bufa. Escucha a una mujer decir “¡Qué buen toro!”. Eso le decía su amo.
Lo vuelve a escuchar y se queda perplejo. ¡Qué injusticia que a un toro bueno
lo traten tan mal! El Pajarito se entristece. ¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué
me lastiman?
Sale el torero una
vez más. El toro sólo puede verlo a él. Arremete. Si lo atacan, él ataca. Él es
un buen toro. Lo hirieron. El torero huye de nuevo. El toro sigue atacando.
Escucha al público gritar más emocionado que antes. ¡Olé! Y embiste otra vez.
¡Olé! ¿Por qué me lastimaste? ¡Olé! El Pajarito sigue embistiendo y, cuando más
emocionado estaba el público, el toro hace un movimiento inesperado. Con las
pocas fuerzas que le quedaban en el cuello, gira la cabeza y con el cuerno
derecho impacta el abdomen del matador. El pitón se entierra. El torero queda
atorado en el cuerno. El Pajarito levanta al hombre que gime de dolor y cae. En
el suelo, el hombre se retuerce, mientras el Pajarito intenta lastimarlo más.
Es un buen toro. Es el héroe. Pudo lastimar al que lo hirió. Pudo vengarse.
Pudo detener la injusticia.
Otros hombres de
ropa extraña tratan de distraerlo. Se llevan al torero empapado en sangre. El Pajarito
se siente más débil. Debe ser el sentimiento de la victoria. El público grita.
Deben ser vítores por haber herido al ruin. Escucha a un señor decir “Se llama
igual que aquél que brincó los burladeros”, la señora que había dicho que era
un buen toro, cambia de opinión “Debe ser el nombre. Ese nombre está maldito.”
El Pajarito, débil, es obligado a ir al camino por el que entró al ruedo. Duele. Sangra. Bufa. Cojea. No ve nada. La oscuridad lo envuelve. El lomo está empapado y su cuerno derecho también. Las banderillas cuelgan de su espalda. Se acerca un tipo con un mazo. El Pajarito lo mira con la poca voluntad que le queda. Es un héroe. No sabe, no comprende. Está débil, más débil, más débil. Apenas puede mover las patas. De pronto, el tipo levanta el mazo. El Pajarito no sabe qué sucede. Está oscuro pero aún distingue un poco con su vista nublada. De pronto, nada. Oscuridad total. Un golpe en la cabeza. El Pajarito se desploma. Ya no duele. Ya no sangra. Ya no le alcanza el oxígeno para bufar. No sabe, no comprende. Todo es nuevo para él. Quizá ése es el trato que reciben siempre los héroes.
Este cuento fue publicado en la antología Caleidoscopio X, conmemorativa del 25 aniversario de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) Guadalajara, editada por La Zonámbula (2013).
Con un saludo, estimada lectora, estimado lector, recibo su visita y agradezco que se dé una vuelta por este espacio.
En esta publicación, me permito mostrarle las obras que conforman el repertorio de escritos que he tenido la fortuna de hacer, junto con una breve explicación de los mismos. Todos ellos forman parte de alguna etapa diferente de mi vida, con marcadas influencias y estilos diversos.
(2002)
Este libro, originalmente titulado «Cuando las noticias se vuelven historia yFotofobia» está compuesto por dos partes, como su título original dejaba entrever.
Cuando las noticias se vuelven historia está conformado de quince cuentos cortos, cuya característica común es el incorporar el realismo mágico, la narración latinoamericana y la búsqueda de un estilo propio por parte de un escritor nóvel. Algunos de los cuentos que aparecen aquí se podrían clasificar como de misterio; otros, son cuentos simplemente de fantasmas. Entre todos ellos, me gustaría destacar «Los muertos lloran en verano», el primer cuento que escribí.
La segunda parte, es un conjunto de cuentos disfrazados de una narración tipo novela corta. Algunas de las historias no están del todo desarrolladas, pero me gusta pensar que, en el fondo, pudieron ser muy buenos cuentos.
(2007)
La morsa del General Salazar ya no se come sus guamúchiles es mi primera y, hasta ahora, única novela.
En este libro, se narra la vida del General Evaristo Pablo Salazar García, militar de un pueblo desconocido llamado Etaucoloce, y quien peleó en la Guerra Internacional y en la infame Guerra de las dos Etaucoloces. Es un héroe de guerra, cuya vida le trajo soledad hasta los últimos días de su vida, los cuales pasó en un pueblo lejano que lo adopta como si hubiera sido héroe de ese lugar.
De manera paralela, se cuenta la obsesión del diablo por quedarse con el alma del General Salazar. Para evitarlo, Dios envía a una ángel a protegerlo. De igual modo, algunos otros personajes, como dos niños del pueblo de Huilacán, donde vivió su vejez el General, una morsa, una pareja de alemanes y la misma muerte, hacen su aparición en esta novela.
(2009)
Peligros es el segundo libro de cuentos de mi autoría.
En este libro, se narran distintas historias, con un estilo más definido, mayor desarrollo de personajes y más profundidad. Se incluyen algunos cuentos experimentales, como La misión del Caribdis, Falsa Profecía o La pesadilla del pez dorado, además de incluirse uno de mis favoritos: Peligros, Andalucía, que es, precisamente, la narración que le da nombre al libro. Esta historia, significativamente más larga que las demás, lleva al lector a un viaje por un pueblo pequeño en España, donde se puede encontrar magia.
(2009)
Leer para el Desarollo se convirtió en un proyecto y lucha de mi padre, Juan José Ochoa, y mío.
Algo que inició como una idea de proyecto escolar, se convirtió al poco tiempo en una investigación que derivó en este libro: una propuesta para cambiar conceptos en la educación básica de México. Desde hace décadas (aunque no siempre fue así), la lectura ha sido una parte más de la materia de lengua española. Es como un complemento de la misma, pero se queda ahí. Solamente algunas escuelas han buscado darle mayor importancia a esta, pero siempre se han quedado con intentos aislados.
En Leer para el Desarrollo, proponemos que la lectura se desincorpore de la materia misma de español, y se le dé la misma importancia que a las matemáticas o la historia: que se tenga su propia currícula, sus tareas y trabajos en clase y, por supuesto, sus exámenes. Esto, en el corto plazo, mejoraría los números fríos de lectura en un país donde casi nadie lee (según las Encuestas Nacionales de Lectura, leemos menos de 3 libros al año por persona, en promedio), y, al largo plazo, se tendría estudiantes y profesionistas acostumbrados a leer y a demostrar que entendieron lo que leyeron.
Esta lucha sigue vigente.
(2018)
Verde Veronés es mi tercer libro de cuentos y es en el que, desde mi punto de vista, se muestra mayor orden y mejor estilo de escritura.
Si bien, esta obra se aleja un poco de lo que había buscado plasmar en mis escritos anteriores (misterio, magia), traté de cuidar los detalles en los cuentos de manera más puntual y completa. Espero haberlo logrado.
En esta colección se encuentran algunos de los relatos de los que me siento más orgulloso y que me encantaría que pudiera leer, estimada lectora, estimado lector, y que me diera su punto de vista. Ejemplos de esto son: A patín, Leche, Rutina nocturna, Lunes. Del mismo modo, el escrito que da nombre al libro intenta ser un recuerdo de libros anteriores, puesto que en sus páginas se mezcla lo desconocido y lo surreal.
Fotofobia, Peligros, La morsa del General Salazar ya no se come sus guamúchiles y Verde veronés se encuentran disponibles en el catálogo de Amazon, tanto en versión impresa, como en Kindle. Leer para el desarrollo puede leerse en línea en la página http://cidconsultores.org
Muchas gracias de nuevo, querida lectora, querido lector.
Muchas gracias estimada lectora, estimado lector, por tomar un poco de su valioso tiempo y leer algunas palabras de su servidor. Agradezco infinitamente que se acerque a mí en este espacio en que compartiré con usted, y con cualquier persona que desee hacerlo también, un poco de mí. De igual manera, quiero ser recíproco y acercarme también a usted, por lo que me gustaría leerle, saber lo que piensa de los textos aquí plasmados, o simplemente conocer un poco de usted, en comentarios que me comparta.
Un abrazo para usted y para los suyos en este inicio de 2019, y en este comienzo de proyecto, donde espero ser un compañero ameno de lectura.